Iniciando el 25 de mayo por Avda. Laprida

  El día amaneció lluvioso como acostumbra en estas latitutes durante el otoño. Llegué a mi querida Parroquia de Fátima justo cuando iniciaban el ritual del fuego para el sublime chocolate caliente. Sí, porque el chocolate del 25 produce efectos en el estómago y en el alma. ¿A quién no? 

  Y se hizo el fuego que obraría maravillas en el milagroso brebaje mientras yo ya estaba echándole el ojo a pastelitos y churros para llevarle a la familia que todavía dormía. 

   

 

El padre "Pucho" salió con su termo cebando mate amargo, yo no paraba de contemplar el baile del sabroso brebaje chocolatoso mientras la cuchara hacía su trabajo.

 

    El aroma se mezclaba en la conversación en un vaivén delicioso de recuerdos sobre las vivencias de cada uno mientras la lluvia caía sin parar.

 

    Lindo es compartir esas palabras que expresan recuerdos del alajero personal, como los churros de al lado de la Basílica de Lujan, ¿no, Pucho?

   

  Cuando vi que paró un poquito seguí caminando en dirección a la Avda.  Mitre. Las veredas, desiertas, no parecían las diez de la mañana ya.  

    Y, de regreso, me quedé con mi amiga a cafetear en Domo, prolongando la fiesta de la palabra por horas hasta que nos dimos cuenta de que era el mediodía. Disfruté chocolate por segunda vez, vecinos, no se priven de probarlo ya que es exquisito, palabra de una experta que anda probando chocolate en todas las oportunidades que se le presenta.
  ¿Pastelitos o churros? Esta vez, ambas compramos churros para la tarde. 

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