Homenaje al pino

  Hace poco tiempo volví a pasar por la que fue mi casa natal, justo enfrente de la Flia. Cambiaso. No me resistí a sacarle una foto. En ese chalet blanco habitaban Antonio y  Titina, ya fallecidos, aunque me parece verlos trabajando con los pollos y los huevos. ¡Esa época en que los pollos se solían comprar vivos! Los recuerdo escudriñando el interior huevos en el galpón del fondo a la luz de una potente bombita. Tenían dos hijos: Luciano y Carlos, que ya no viven en nuestro barrio. Y la familia se completaba con tres ovejeros alemanes.

Detrás del pino había unos cuantos árboles más, todos frutales y hacia el fondo una parra enorme, generosa en sombra y uvas.

Siempre amé a ese árbol majestuoso, no pasó un solo día de las casi cuatro décadas que viví en esa casa que no le dedicara un tiempo a su contemplación.

  Y una vez me atreví con la poesía:

 

 

Atardeció la infancia ya en mi vida

Y tú formaste parte de esos tiempos

A tu sombra fui creciendo día a día

No lloro ahora lo que quedó tan lejos

 

Ya nunca más te imaginaré monstruoso

Nunca más personaje de mis cuentos

Tus contornos dibujados en el cielo

Dejarán de ser parte de mis miedos

¿Por qué de repente,  tus ramas gigantes

en refugio de mis pensamientos se convierten?

Porque en este momento es lo que siento

que a este tronco y a estas ramas yo los quiero.

 

 

 

 

 

 

 

(Nota: La fotografía es actual, el pino se encuentra esbelto e inconfundible, en la calle Güemes entre Florencio Varela y Brasil)

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