Introspección

  Estrenamos el mes de junio al mismo tiempo que mi celular nuevo. Haber estado casi una semana sin este aparato me hizo reflexionar bastante. ¡Pensar que nací en una casa sin teléfono! Doce años tenía yo cuando nos dieron la línea, hasta entonces, cada vez que precisábamos hablar lo hacíamos desde el Kiosco Librería de Gino, por ese entonces en la calle Melo entre Florencio Varela y Vieytes. Todos los vecinos hacíamos lo mismo y dejábamos monedas en una caja de cartón colocada al lado del negro aparato de disco. Traerlo a la memoria me reproduce sensaciones raras, porque, en mi caso, lo tuve que utilizar, enviada por mi mamá, para llamar al médico. Marqué temblando pero luego ¡me gustó tanto! Esa maravilla de oír la dulce voz del otro lado, en este caso la tranquilizadora voz de la esposa del doctor anunciando que ya venía para casa. Me hubiera gustado hacer otros llamados pero no conocía a nadie que tuviera teléfono, así que dejé las monedas en la caja y volví a casa corriendo.

   Esta fotografía la atrapé recién, no parece que estemos a una hora del mediodía, todavía la niebla hace lo suyo. Los árboles desnudos son de la calle Zufriategui y Paraguay. Amo los árboles y, por suerte, en nuestro barrio hay muchos. Podría escribir cada día durante todo el año sobre ellos y ¡más aún si los voy fotografiando en cada etapa de sus ciclos! Porque los mismos  que vemos inmóviles y mudos hoy, retoñarán sobre sus cicatrices y serán, en septiembre, una maravilla de hojas verdes y una explosión de trinos. Sí, sí, como el soneto "Árbol feliz" del poeta argentino Enrique Banchs. Pero esa poesía será un regalo de primavera.

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