Elena sabe

  Hace tiempo que la veo a Elena, día por medio, desde mi ventana, cuando le toca mi calle, el resto de los días barre las transversales. Me lo ha explicado una vez. También me ha contado la sobrecarga de trabajo que significa el fin del otoño. Me gusta hablar con ella, admiro esa faceta que tiene cuando habla, Elena es sabia. Por eso me copié el título de una grandiosa novela de intriga de Claudia Piñeiro. Ojalá pueda presentarla como la famosa escritora lo hace con sus personajes. No será tan difícil porque hemos hablado muchas veces, y porque Elena tiene unos ojos muy transparentes. ¡Cómo no le hice sacar los lentes!  

   

    Elena Nieves es una mujer de mi edad, uruguaya, madre de dos hijos.  Actualmente vive con uno de ellos, José Luis de 23, que estudia cine en el Centro Universitario de Munro pero, mientras, está buscando un trabajo, si alguien sabe, le vendría muy bien. El próximo 26 de agosto Elena cumple siete años  barriendo nuestras calles. "Me fui tres meses a mayonomía" me dice y le pregunto qué es. Limpiaba en la municipalidad, adentro, pero los vecinos la reclamaban. 


     Ahora Elena está barriendo la calle como todos los días. Le he dicho que quiero escribir sobre ella, tiene que estar en mi próximo libro. Cuando se lo digo me agradece, no, le digo, la agradecida soy yo. ¿Sabés, Elena, que tu actitud me inspira? Sí, porque muchas veces, observo desde la planta alta de casa que Elena se excede en el trabajo. Ella podría barrer el cordón y seguir de largo. Se estira a la vereda, a los artefactos (no sé su nombre técnico) donde los vecinos colocan la basura, y también algún residuo fruto de las necesidades de perros sobre el césped.
    El día está radiante y le pido permiso para acompañarla. Se nos cruzan algunos vecinos, de una casa salen a llamarla, le dan una caja pesada con papeles. Son diarios y revistas. Las revistas las llevo para el geri´´atrico, me dice. Habla, saluda, barre con ganas. Unas bolsas de arena se han desparramado un poco. Elena barre. Elena junta un montón y busca el carrito. Elena sigue con la otra cuadra. Le pregunto por su espalda y me muestra la faja debajo de la ropa. 

   Nos detenemos y le pregunto por un día normal en su vida. "Me levanto a las cinco y media de lunes a viernes, y domingo también, si hago guardia. Le preparo el desayuno a la señora que estoy cuidando, le doy la medicación y a las seis y diez salgo para el trabajo. Tomo el municipal y bajo en Lavalle y Bolivia para llegar a la Delegación y fichar. A las siete empiezo, hasta las catorce."  

  Cualquiera pensaría que no es tanto, porque tiene la tarde libre. No es así, las reparte entre guardias de barrido y casa de familia. "Eso sí, los sábados es el día que puedo estar con mi hijo" , agrega con una expresión de placer.

   Intuyo que quiere seguir hablando de su hijo, y de la otra hija y su madre que están del otro lado del charco y las fue a ver en vacaciones. Las dos tenemos que seguir. Las dos nos quedaríamos hablando y seguiremos apenas podamos. Le pregunté si leía mucho, por la manera en que se expresa. No, me cuenta que no ha terminado el primer grado, que a los siete ya barría las veredas de los vecinos o hacía unos mandados. Le daban leche o algo, todo servía eran trece hermanos y un padre alcohólico. A Elena le enseñó la vida y aprendió bien, y puede ser ejemplo para cualquiera en eso de hacer una tarea bien hecha, desde el corazón, por más humilde que sea. Elena sabe. A Elena le han prestado una casa, está contenta porque no paga el alquiler.  Lo sabía yo, pero no conocía el fuerte anhelo que tiene de tener su casita. Tonta de mí, ¿quién no lo tiene? Ojalá pueda.