¡Ojo al piojo!

  Vivimos en el paraíso. No tenemos huracanes, ni terremotos, ni alertas terroristas importantes. No hay escasez de alimentos ni de productos de primera necesidad. Nuestro barrio no sabe de discriminación de ninguna especie, quizá porque nacimos de inmigrantes que se ilusionaron por trabajar aquí. 
  Mientras escribo, golpes de martillo en una construcción cercana opacan los ladridos de un perro. Los autos que pasan por la calle Zufriategui se mezclan con los pájaros que anticipan la primavera. 

  Tenemos la obligación de limar cualquier aspereza, de crecer en diálogo, de trabajar con esperanza, con garra y corazón. De ser VERDADEROS, AUTENTICOS y GENEROSOS. De ayudarnos entre vecinos para honrar este lugar hermoso en el que tenemos la dicha de vivir. 

   Esta es la primera vez que no tecleo en este sitio durante una semana. Estuve callejeando en mi bici, rumiando ideas, mirando mucho, escuchando más. Por eso me siento fortalecida en lo que escribo, porque es una expresión recogida de voces vecinas en esta y aquella calle de nuestro barrio.  Agradecida a todos ellos, es especial a la gente grande que empieza a leer en sus celulares.  A los que me han visto fotografiando árboles y me explican el motivo por el cual plantaron un lapacho u otro ejemplar.  A todos los que me han alentado a seguir en esta locura de levantarme muy temprano para sostener un proyecto que me fascina pero que me está costando muchas horas, mucha vida. 

  ¡OJO! Tenemos nuestros problemas, todos solucionables, a ver si cada día le ponemos la gota de agua tan necesaria, la que nos pertenece, la que podemos dar y , con ella, sentirnos más plenos.