Hasta luego, Chiara

    Recuerdo el domingo en que te vimos por primera vez, estábamos paseando por Tigre, toda la familia junta. Era una mañana de sol mayúsculo en el cielo y disfrute en la tierra. Transitábamos el 2001. No era buena época para quienes teníamos tres chicos que alimentar, pagar el colegio, y todos los etcéteras. Ya nos habían regalado un perro, Mía, detrás en la imagen de arriba. Mía era muy buena, ya estaba probado que se había integrado muy bien a la familia, satisfacía la cuota perruna. Sin embargo los chicos apelaron a un argumento: Mía precisa una compañía. Los tiene a ustedes, les dije. Sí, pero nosotros vamos a la escuela, respondieron ellos. 
   No fue para complacerlos, fue porque existió una comunicación inexplicable. 

     Y pasaron los años, ¡casi dos décadas! Los chicos hicieron la secundaria y la universidad. La casa se va vaciando. Vos también creciste Chiara, y te transformaste en mi compañera incondicional. Lista siempre para una caminata en la playa o para permanecer horas en tu almohadón mientras tecleo en la compu. Detrás de mí en el patio o en la cocina. Para jugar, para leer o para mirar una peli. Siempre ahí, moviendo tu cola. Siempre ahí la primera en probar mis comidas y mis panes. Vos comías la primera tajada y también la última y nunca te quejaste de que estaba seco. Vos debajo de la parrilla, cuando había asado, vos en todos los cumpleaños, vos que te ponías debajo del auto si cargábamos valijas, vos que corrías, vos que me escuchabas con toda la atención. Vos en los cumples, vos en las enfermedades, la compañera del que caía en cama. La primera en saludar a quien entraba a nuestra casa. Vos que entendías aunque no te hablara porque tu lenguaje superó las palabras en los últimos tiempos cuando te conté que me había enfermado. Vos, Chiarita, vas a estar siempre con nosotros.