Un prisionero libre

    Si, ya sé, barrio, que Nelson Mandela no es vecino pero hoy me he permitido la licencia.  "No importa tanto la dolencia que uno sufra, sino la actitud que se tenga hacia ella" así le escribía a su mujer e imagino que la celda se le llenaba de luz porque este hombre transpiraba esperanza en la peor de las circunstancias. Esta mañana muy temprano repasaba fragmentos de cartas que recopiló su nieta. El milagro de la palabra escrita se hacía presente para mí en este amanecer de julio martelliano. Y me repetía el dolor del apartheid en Sudáfrica bien pegado al de todas las grietas que se repiten en el mundo. Porque los egoísmos son universales, ¡pero la grandeza humana también! Y Mandela es una prueba de que existe. Algunas veces florece en todo su esplendor y es necesario gritarla.

  De derecha a izquierda: Marcelo Chocarro, los ganadores del concurso del programa anterior, Eduardo Bidegaray, quien escribe y el genial autor del Mandela que ilustra esta entrada: Javier de Aubeyzon.

   Durante el programa nos contó que antes de pintarlo se propuso captar el alma y el magnetismo irresistible de Mandela. Quería plasmar su sonrisa sublime de satisfacción por el logro. Escribió también en la red que deseaba plasmar un Mandela con mirada tierna, comprensiva porque el nos enseñó que no se nace odiando, eso se aprende, entonces también se puede aprender lo contrario. También nos enseñó que el consenso es posible, sin resentimiento ni violencia.

Y en su conjunto plasmar la belleza de su rostro, belleza producto de su alma y sus acciones.

   ¡Muy logrado, Javier! El arte embellece la vida. Algunas obras lo expresan en el máximo exponente. 


  Recomendación para esta noche. Una copa de malbec y repasar la obra de Javier que aparece en su página.