¡Ay, cómo duele!

   Es la puerta de un vecino. Fue hace unos días. Rota a patadas. El estruendo del vidrio al caer alertó a otro vecino. En una cámara puede verse a los autores que escapan corriendo al saberse detectados. Al otro lado de la puerta, dos mujeres solas. No es el único caso, incluso puede haber peores, pero  están siendo demasiado frecuentes. No me agrada hablarlo, barrio querido. A veces me parece que lo que no se dice no existe, y, si no se divulga, puede que desaparezca. ¡Por eso mi eterna cruzada en favor de encartelar lo lindo!


   En ocasión de trabajar para el periódico local tuve acceso al mapa del delito en la comisaría hace un par de años. Habían disminuído. ¿Seguirá siendo así? Me lo pregunto y quiero desear que sí. Pero supongo que no porque, al volver de nuestro reciente viaje, hablé con muchos vecinos. Abrazo de bienvenida y catarata de información. Algunas alegrías referentes a las Olimpíadas de la juventud. Comentarios dolorosos sobre los precios. Un supermercado chino nuevo. Una operación otra vez postergada en el hospital por causas diversas y van cuatro en tres meses. Escucho y no doy con el hilo para organizarme. Voy a mis controles médicos. Miro y pienso. Otra vez las escuelas de paro. ¿Será por ahí el comienzo? Yo siempre apostando a que la educación es la cura de todos los males.


   Me distrae el teléfono, por el fijo y por el whatsapp el intendente Jorge Macri habla de los nuevos puntos seguros. Copio y pego: "Son tótems provistos con un botón de alerta que permiten recibir ante cualquier emergencia, y en forma inmediata, la ayuda que se necesite." 
   Ojalá sirvieran, ¿dónde están? Ojalá pongan unos cuantos en nuestro Martelli más vulnerable. 

   ¡Y pensar que, ayer nomás,  jugábamos en las veredas mientras nuestras madres hacían la comida con las puertas abiertas!
    ¿Qué nos está ocurriendo, barrio querido?