Hacer un mundo mejor nos compete a todos

  Es la primera vez que ilustro mis pobres reflexiones con una imagen que no pertenece a nuestro barrio. ¡Poderosa influencia de la semana pasada! Se llama Andrés y es descendiente de diaguitas. Está mostrando el Shincal de Quimivil, capital más austral del Imperio Incaico. No pretendo despacharme acá con lo aprendido en un sitio arqueológico de tamaña magnitud, sino escribir una palabra sobre tanta gente formidable que conocimos a lo largo del camino en nuestro viaje reciente. 


  Allí arriba luego de caminar bastante, igual que en otras alturas como el cable carril de Chilecito y más, la vista se ensancha. También el silencio hace lo suyo y escuchás la voz de quien explica sin interferencias. 


  En cuatro mil kilómetros una constante. Bodegueros, empleados de estación de servicio, otros de cabañas perdidas en la montaña, pastor de cabras, jubilado ex minero, hacedora de empanadas, guardaparques, entre otros muchos con quienes hablamos: el amor por el terruño manifestado de diversos colores. Uno por proteger el medio ambiente, otra para mantener la familia, o las tradiciones, el  cuidado de los animales o buscar mejorar la calidad del vino. Cada cual en su lucha cotidiana, sin queja por el frío o la aridez, con una sonrisa ancha y orgullosa por mostrar lo propio.


  Y allí está la constante, en ese amor por la tierra que nos cobija, eso proporciona felicidad a pesar de toda circunstancia. Lo mismo que nos pasa en el barrio cuando protagonizamos las ganas de hacer de él un sitio cada vez mejor y, por consecuencia, beneficiarnos todos de ello. 


  Siempre que se viaja, mucho más en las rutas largas de nuestro amado país, se repasa el estado personal. Y revolotean preguntas, esa eterna cuestión de cómo mejorar el mundo. Tan difícil y tan simple a la vez. No hay gobierno que pueda lograrlo, cada ser humano debe comprometerse, como Andrés o como el pastor de cabras. Es cierto que las acciones de algunos tienen mucha más repercusión, ¡esos tendrán mayor responsabilidad! Pero todos debemos examinarnos y esculpirnos. 

  ¿A que podemos mejorar nuestra calidad de vida, vecinos queridos? 

   Aumentar la calidez de nuestras relaciones, la preocupación por el de al lado y generar un estilo de vida menos dependiente del dinero. En general, las mejores cosas no son cosas y no se compran. Seguro es que en nuestra sociedad actual es indispensable ganar lo suficiente pero también es verdad que, una vez satisfechas las necesidades primarias, ¡pocas satisfacciones tiene que ver con ese poderoso caballero! 

   


   Me he propuesto unos objetivos que quiero compartir:

-Valorar la originalidad por encima de la "normalidad", lo creativo, el sueño.
-Incrementar la empatía en la convivencia comprometida.

-Buscar la belleza en todo, que forme parte de lo cotidiano.

-Recuperar el tiempo con la gente amada, aumentarlo, siempre un rato más. 

-Abandonar la queja como simple desahogo.


   A soñar en grande, a vivir, a cuidar, a luchar por lo verdadero.